Irse como Greta Garbo
Greta Garbo, 1935. Fotografía: Getty.
_Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponibleaquí_
Antes respondía al teléfono, aunque fuera para decir que no. Ahora ya ni eso. Greta Garbo, la mayor estrella de cine del momento, ni siquiera tiene mánager: el último se retiró hace años y desde entonces no ha contratado uno nuevo. Solo contesta por carta, si acaso contesta, y siempre para decir lo mismo: que no, que no y que no. Veintiséis guiones han pasado ya por sus manos, veintiséis, y todos los ha rechazado. La mayoría, con protagonistas femeninas de relumbrón: Penélope en la _Odisea_ , la Juana de Arco de Bernard Shaw, un _biopic_ sobre George Sand, otro sobre Sarah Bernhardt, Marie Curie, Anastasia Romanov… Hasta Norma Desmond, la legendaria Norma Desmond de _Sunset Boulevard_ , se la ofrecieron a ella antes que a Gloria Swanson. Ingrid Bergman, la otra sueca de Hollywood, ha ganado ya dos Óscar con papeles descartados por Garbo. Ni siquiera reacciona ante los directores europeos, por quienes siempre ha sentido debilidad. Wilder, Hitchcock, Cocteau, Lubitsch… Ninguno logra sacar a la superestrella de su ensimismamiento.
Porque será ensimismamiento, ¿verdad? Será que está endiosada. Quizá crea que ningún estudio puede pagarle ya el caché que merece. O tendrá mal de amores: todo el mundo sabe que Garbo lleva una vida romántica, ejem, un tanto desordenada. En las columnas de los tabloides se insinúa todo eso y alguna cosa peor. Por ejemplo, se cuenta que el Departamento de Inmigración ha empezado a recibir cartas pidiendo su deportación. Estados Unidos acaba de entrar en la Segunda Guerra Mundial y la actriz, que es de un país neutral, no ha hecho nada por explicitar su lealtad a la bandera americana. Ahí está Marlene Dietrich, mientras tanto, que ha renunciado a la nacionalidad alemana e incluso ha viajado dos veces a Europa para actuar ante las tropas. ¿Es mucho pedir, acaso, que Garbo haga como ella? ¿Que se ponga una falda cortita, sonría un poquito y se deje llevar en volandas por los soldados? ¿O es que debemos dudar de que apoya a la causa aliada? Quienes difunden estas maledicencias saben que dos de sus mayores personajes siguen vivos en la imaginación popular: Mata Hari y Ninotchka. Una era espía al servicio de Alemania en la Primera Guerra Mundial; la otra, agente soviética bajo las órdenes de Stalin. También es un hecho conocido que Hitler siente fascinación por Greta Garbo.
Ella no responde, por supuesto. Ella no coge el teléfono ni al presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer, como para replicar a cuatro reporteruchos patrioteros1. Además, sabe bien dónde empezó todo esto: con _Two-Faced Woman_ , la última película en la que participó. Era una comedia romántica de George Cukor en la que Garbo interpretaba a una mujer que se hacía pasar por su propia hermana gemela para reconquistar a su marido. Tras su estreno en 1941, la Legión de la Decencia, una asociación ultracatólica con mucha influencia en la época, le había asignado la calificación C, la más severa de su escala, por su «actitud inmoral y anticristiana respecto al matrimonio», sus «escenas impúdicas» y su «vestuario provocador»2. Y el arzobispo de Nueva York, Francis Spellman, se había enfrascado en una cruzada personal contra la película, consiguiendo que se prohibiera en su ciudad y que se proyectara censurada en Boston, Chicago y otras grandes capitales. Al final, la cinta tuvo que ser retirada de las salas de cine y reestrenada a escala nacional sin las secuencias problemáticas, convertida en un bodrio infumable que fracasó en taquilla y cosechó unas críticas terribles, como era de esperar. En la revista _Time_ , por ejemplo, se decía que ver a la gran Greta Garbo en aquel esperpento «era casi tan chocante como ver a tu madre borracha». La cita es literal3.
El escándalo trastoca la imagen de la actriz. Más que su imagen, el aura sobrenatural que la envuelve, que tanto le ha costado fabricar a la Metro-Goldwyn-Mayer. A sus treinta y seis años de edad, la intocable diosa escandinava, la enigmática estrella de escarcha, glamur y terciopelo, ya no es tal: ahora es una celebridad corriente. Es entonces cuando las cabeceras meramente conservadoras, y no solo las puramente cristianas, comienzan a ensañarse con ella, aireando sus rarezas. Muchos lectores descubren que precisamente ella, la actriz más cotizada de la industria del cine, nunca ha ido a la gala de los Óscar, ni siquiera las cuatro veces que ha estado nominada4. También trasciende que se niega a firmar autógrafos, tomarse fotos y atender a la prensa. Es más: las cartas de sus admiradores, que llegan por sacos a su mansión de Beverly Hills, las tira todas sin abrirlas. Sus vecinos dicen que solo sale a la calle cuando llueve, bajo un gran paraguas acampanado que le permite pasar desapercibida. Se pone bolitas de algodón en los oídos, como si tuviera una infección, pero solo son un pretexto para evitar entablar conversaciones. En los mentideros de Hollywood, donde solían apodarla la Divina y la Esfinge Sueca, tiene un mote nuevo: ahora la llaman Greta Garbage5.
Greta Garbo adquiere la ciudadanía estadounidense en 1951. Cuando acude a firmar el acta al Servicio de Inmigración y Naturalización lo hace cubierta con un velo negro y solo consiente que los reporteros le tomen una fotografía. Luego se deshace de su mansión de Los Ángeles y se compra un apartamento en el número 450 de la calle 52 de Nueva York, donde se dispone a vivir el resto de sus días. Aunque está en un edificio para gente con posibles, se trata de una vivienda modesta, no, modestísima para una celebridad de su talla. Garbo ha invertido su fortuna y sus propiedades en un fondo fiduciario y el salario mensual que recibe a cambio asciende a varias decenas de miles de dólares de la época: si quisiera, podría vivir en cualquier palacete del Upper East Side, no en un piso de tres habitaciones con vistas a los muelles del East River. ¿Es esta la nueva personalidad pública de Greta Garbo?, se pregunta ahora la prensa sensacionalista. ¿Quiere redimirse y presumir de frugalidad? Ella recibe estas críticas ya no con enfado, que también, sino con cierta incredulidad. Garbo se había criado en Södermalm, la mayor barriada obrera de Estocolmo, hija de un campesino metido a barrendero y una madre de ascendencia sami que limpiaba por horas en las casas de los ricos. Uno de aquellos ricos, al parecer, llegó a ofrecerse a adoptarla cuando vio las tremendas dificultades que atravesaban sus padres para ponerle un plato de comida en la mesa. ¿Frugal, aquel piso de Nueva York? Frugal era la vida en Estocolmo en 1905. Una vivienda como aquella, un sueldazo sin trabajar y el anonimato que ofrecían las intrincadas calles de Nueva York eran todo a cuanto una persona cabal podía aspirar.
Greta Garbo durante el rodaje de Anna Christie, 1930. Fotografía: Getty
Así veía el mundo Greta Garbo. Así pensaba. Lo sabemos por sus amigos, o quienes decían serlo, muchos de los cuales acabaron revelando sus confidencias. Solo ellos conocen la dirección concreta de su casa, en cuyo timbre no hay nombre ni distintivo. Solo ellos saben cómo conseguir que no cuelgue el teléfono o que vuelva la cabeza por la calle: llamándola Harriet Brown. Solo ellos saben que colecciona muñecas antiguas y libros de _Peter Rabbit_ , que su loro sabe imitar el sonido de un pedo y que el perro que más ha querido en su vida fue un chow chow llamado Flimsy. Son detalles, estos y muchos más, que aparecen en una serie de crónicas por entregas publicadas por la revista _Life_ en 1955. Poco después, su autor, John Bainbridge, las amplía y las publica independientemente con el título de _Garbo_ , la primera biografía de la actriz, que se convierte rápidamente en _best seller_ 6. Garbo corta la relación con varios de sus amigos, aquellos de quienes más sospecha, pero no es suficiente. Uno de los mayores golpes se lo propina Cecil Beaton, modisto, fotógrafo y mejor amigo suyo, que se explaya sobre ella en sus famosos diarios. Otro, Sam Green, un jovencísimo admirador con el que acaba trabando amistad, que resulta que graba las conversaciones telefónicas que mantiene con ella a menudo7. Pero la peor traición, sin dudarlo, es la de la poetisa y dramaturga Mercedes de Acosta, que publica _Here Lies the Heart_ en 1960. Se trata de una autobiografía en la que repasa, con todo lujo de detalles, sus romances y escarceos con algunas de las mujeres más deseadas de las últimas décadas: Marlene Dietrich, Ona Munson, Isadora Duncan, Adele Astaire… y Greta Garbo, de quien dice que no fue una más. Aunque su relación acabó hace tiempo, es el gran amor de su vida. Incluso conserva las cartas que la actriz le ha escrito durante los últimos veintiocho años8. Garbo le retira la palabra y no vuelve a verla nunca.
La neblina en torno a Garbo se disipa con aquella revelación. Las piezas del puzle que era su vida empiezan a encajar lentamente. Quizá acertemos más diciéndolo con llaneza: aquello fue una gran caída del guindo. ¿O de verdad creía usted que aquella campaña contra ella, la de la Legión de la Decencia y el arzobispo de Nueva York, tenía que ver realmente con _Two-Faced Woman_? Basta con ver la película: no tenía nada de indecente, ni siquiera para el puritanismo y la santurronería asfixiantes del cine de la era Hays. Lo que tenía, eso sí, era un director homosexual, George Cukor, y una mujer lesbiana en el papel protagonista. Quizá el público lo ignorara, pero era _vox populi_ en las redacciones de los tabloides y en las sacristías. Él había cedido a la presión, por no llamarlo coerción, y se había casado con una mujer poco después del escándalo (y luego, para probar su hombría todavía más, se había enrolado en el Signal Corps, el cuerpo de comunicación del ejército estadounidense). Lo peligroso es que ella parecía decidida a no hacer lo propio, ni siquiera a mantener un sonado «romance», entre comillas, con algún soltero de oro del momento9. Peligroso, y no solo irritante, porque venía precisamente de alguien tan sumamente famosa e influyente, capaz de hacer que cundiera el ejemplo, sentar precedente y quién sabe cuánto más10. Garbo, que en efecto aguantó durante un tiempo, valorando la posibilidad de volver al cine cuando las aguas se hubieran calmado, acabó rindiéndose o cansándose, eso qué más dará, y marchándose de Hollywood sin decir adiós. En otras palabras: ellos ganaron y ella perdió.
Y lo peor de todo, quizá, es lo que ocurrió después: que la fama no remitió. Que los meapilas y los salvapatrias, al triunfar, perdieron el interés por ella, pero ahora era admirada, hasta despertaba más fascinación que antes, por haber abjurado del estrellato. Y que la verdad no interesara a nadie, ni siquiera a las personas bienintencionadas, por más que la hubieran descubierto ya a fuerza de tanto hurgar. Debe ser duro que te echen de un lugar y que luego te aplaudan por irte como si hubiera sido iniciativa propia. Debe ser duro vivir en un armario como el de Greta Garbo, cuyas puertas no dan a la pequeña parcela del mundo que tenemos los demás, sino al mundo entero. Hasta los elogios deben molestar, como nos consta que le molestaban, cuando se hablaba de ella como si fuera una especie de iluminada existencialista, alguien muy profundo, incluso una gran intelectual. Con sus amigos, los pocos que le quedaban cuando era mayor, bromeaba sobre aquella costumbre suya de ponerse bolitas de algodón en los oídos: decía que era para que no entrase el viento, porque tenía la cabeza hueca.
Greta Garbo murió en Nueva York el 15 de abril de 1990, con ochenta y cuatro años de edad. Y hasta muy poco antes de aquello todavía salía a la calle. Decía que era su actividad favorita: caminar entre el gentío, incluso seguir a personas al azar mientras hacían sus recados por la ciudad. Un consejo: no la imagine como una viejita achacosa, porque no lo era. Todavía conservaba aquella belleza tan suya, extraordinaria por mundana, y esa pose elegantona de los viejos pósteres de sus películas. Lo atestiguan las fotos de los _paparazzi_ , que todavía la retrataban de vez en cuando, aunque guardando las distancias, y los testimonios de quienes la reconocían, o creían reconocerla, al cruzársela por la calle, fugaz como una aparición. Quizá tampoco debamos imaginarla enfurruñada, arisca, enfadada con todo: forma parte de esa leyenda de la que ella siempre renegó. Y, a fin de cuentas, era una actriz, la mejor del mundo, interpretando el papel de desconocida. Como les ocurría a sus vecinos de Nueva York, tampoco nosotros sabremos nunca si aquella era Greta Garbo o solo alguien que se le parecía.
* * *
**Notas**
(1) Aunque sí se refirió al asunto en privado. Al menos dos de sus grandes biógrafos, John Bainbridge y Barry Paris, comentan que Garbo bromeaba sobre haber aprovechado la admiración de Hitler para asesinarlo personalmente. Sam Green, el mayor confidente de la actriz, cita sus palabras así: «Hitler no paraba de escribirme e invitarme a ir a Alemania. Si la guerra no hubiera estallado cuando lo hizo, habría ido, habría sacado una pistola del bolso y le habría disparado, porque sería la única persona a la que no habrían cacheado» (en David Bret. _Greta Garbo: A Divine Star_. Biteback Publishing. 2012).
(2) Anón. «Spellman Scores New Garbo Film; Archbishop Warns Catholics That Seeing It May Be an Occasion of Sin». _The New York Times_. 27/11/1971.
(3) Anón. «Cinema: The New Pictures». _Time_. 22/12/1941.
(4) Por sus papeles en _Anna Christie_ (1930), _Romance_(1930), _Camille_(1938) y _Ninotchka_(1940). En 1930, la Academia de Estados Unidos todavía permitía a los nominados optar a dos premios en la misma categoría por dos películas estrenadas el mismo año (en la actualidad también pueden hacerlo, pero concurriendo en categorías distintas). Garbo acabó recibiendo el Óscar honorífico en 1955, cuando su retirada se daba ya por consumada, pero tampoco acudió a recogerlo.
(5) En castellano, Greta Basura.
(6) John Bainbridge. _Garbo_. Frederick Muller Ltd. 1955.
(7) En total, unas cien horas de conversación. Son la fuente de información primaria sobre las opiniones y la biografía privada de Greta Garbo. La actriz cortó su relación con Green en 1985, cuando intuyó que se estaba aprovechando de ella. En 1994, Green depositó las cintas con las grabaciones en los archivos de la Universidad Wesleyan de Middletown, Connecticut.
(8) Mercedes de Acosta cedió las cartas a la Biblioteca Museo Rosenbach de Filadelfia con la condición de que no vieran la luz hasta diez años después de la muerte de Greta Garbo. En el año 2000, cuando su contenido fue revelado, se pudo comprobar que no eran cartas de amor ni contenían pasajes subidos de tono, como parecía sugerir el hecho de haberlas sometido a embargo. Después del romance entre ambas, que tuvo lugar en los años treinta, Garbo había pasado años rechazando los esfuerzos de la poetisa por retomar la relación, hasta el punto de llegar a pedirle expresamente que no le escribiera más poemas. De Acosta no exageraba al afirmar que la actriz había sido el gran amor de su vida, pero sí lo hacía al dejar caer, con cierta ambigüedad, que el sentimiento era recíproco.
(9) Todo parece indicar que Greta Garbo sí se avino a disimular su orientación sexual durante sus primeros años en Hollywood, cuando todavía la comprometía su contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer. Es sabido que llegó a convivir un tiempo con John Gilbert, una de las mayores estrellas del cine mudo, y que él le pidió matrimonio tres veces antes de darse por vencido. También se dejó ver ante los fotógrafos con Leopold Stokowski, un famoso director de orquesta, aunque la mayoría de los biógrafos modernos dan por sentado que tampoco fue un romance genuino. A lo largo de los años, la prensa llegó a relacionarla con decenas de hombres, pero hoy tenemos claro que casi todos eran simples amigos y conocidos (y varios de ellos, también homosexuales). En la actualidad se sigue recurriendo a estos ejemplos para intentar certificar que Garbo, en lugar de lesbiana, era bisexual.
(10) Creemos no estar exagerando. John Baingridge, su primer biógrafo, decía que Greta Garbo disfrutaba de «un nivel de fama y adulación que el mundo no ha concedido nunca a ninguna persona viva» (en John Bainbridge. «The Great Garbo. A Candid Biography, First of Three Parts». _Life_. 10/01/1955). Mercedes de Acosta afirmaba que «en ningún momento de la historia del mundo una sola mujer ha influido tan profundamente en tantas otras mujeres» (en Mercedes de Acosta. _Here Lies the Heart_. André Deutsch. 1960).